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La Fantástica Perspectiva del Delirio

Ganando cuanto reconocimiento se le cruce en el derrotero iniciado, "Estándar", la ópera prima de Fernando González Gómez, (excelente largometraje de fuertes y variadas lecturas semióticas), ingresó ayer, dia de su estreno, al Cine de Culto.

Análisis - Atención; puede contener spoilers.

Se estrenó Estándar, la comedia negra que, con visión certera, narra las desavenencias entre el concepto de diferencia y la diferencia conceptual como dinámica ontológica. Parece un juego de palabras, sin embargo, no sólo no lo es, sino que llama a profundas cavilaciones sobre la rotulación como búsqueda de resguardo identitario. A la vez que, y a través de un guion plagado de meta-mensajes y sutilezas oportunas, navega en los curiosos e interminables emergentes del entendimiento humano, sus dinámicas y proyecciones.

El abordaje es altamente meticuloso; cada variable está sujeta, cada forma responde a una concepción deliberadamente fraguada por su director. La pluma de Fernando González Gómez es valiente y algo cínica, consolida los pormenores y abraza la linealidad aún (y cuando haga falta) para expresar el caos.

Es una película llena de fortalezas, donde la dirección de arte prevalece. Como en un gran plano subjetivo y simbólico, el director decide entregar una perspectiva estética altamente calibrada, habida cuenta de la visión única del protagonista. La componenda geométrica, la simetría (digna de construcciones visuales de Peter Greenaway), el abordaje sutil y continuo de la divergencia entre la particularidad y el patrón común (claramente expresada también en la composición de imagen), sienta una medida que, felizmente, reina en todo el metraje.

La convención de que lo diferente se centra únicamente en el personaje de Tomás (interpretado magistralmente por Niko Verona), si bien se apoya en la cuadratura ficcional de su modus vivendi, es oportunamente decreciente hacia el desenlace. Y si me permito expresar que su diferencia decrece, no estoy haciendo referencia a su condición, ni a la factibilidad de su mensaje; por el contrario, dentro de la estructura del carácter del personaje, estoy refiriéndome a la aceptación de su destino.

Los acontecimientos que van marcando un ritmo hacia lo inesperado, conspiran contra su estructura. Por ello, cierta privación que no adelantaré como spoiler, paradójicamente, le otorga una contención estético-cognitiva que lo libra del asedio del mundo real.

Por el contrario, el personaje de Laura expresa, al revés y de modo creciente, una incesante y lenta discordancia que trastoca el universo lineal de la película (a su vez el universo lineal de Tomás). Claramente, hija de la ex mujer de Fermín (y eventual amante por conveniencia del “Cacique del Pueblo”), se vale de “la agresión” para iniciar un camino sin retorno que, en los hechos de la trama, es el derrotero concluyente hacia la redención del personaje.

Tomás, vehículo (¿fortuito?) en su senda, no sólo es un componente clave, sino un bálsamo en la recomposición identitaria de Laura. En el juego de la joven, y por el alto precio que paga, pierde el control en algunas situaciones (por eso el hastío, la abulia incesante en su presentación, y la declaración continua del éxodo añorado) más sin trastocar su súper objetivo; la ida definitiva. Allí es donde la inocencia inclaudicable de Tomás (en principio un elemento de transición, un “puente” hacia el bienestar que no tiene) termina por prevalecer como opción de felicidad.

Es un deliberado acto de maestría, que la atmósfera del filme no llegue a ser opresiva para sus personajes, pero si incómoda. Esa incomodidad, (muy bien lograda) nace de signos puntuales (lo esquemático del ámbito, y la narrativa visual, por ejemplo) y generales (soledades individuales, bajezas solapadas, particularidades descriptivas de los personajes-ámbito, en una simbiosis imperdible), que también recaen en la relación pueblo-pequeño-sin oportunidades, atentando contra todos. Sin embargo, por plantear dos extremos de una misma cuerda, esta incomodidad asfixia a Laura y al mismo tiempo contiene a Tomás; y lo hace como expresión de un macrocosmos impreciso donde éste último puede sujetar su particularidad.

En el medio de ambos protagonistas, y en una imaginaria línea de certidumbres espaciales, el resto de los personajes habitan el llano, brindando o quitando, elementos para nutrir sus más profundas expectativas.

La concepción de cada uno es muy rica; y amerita un tratamiento especial. Retratan lo atractivo, lo versátil y lo imperecedero de cada pueblo del interior; expresiones vivas de lo cercano, que agigantan y sacralizan lo efímero y cotidiano que nos define a todos.

Un sociólogo con cuña artística, diría (no sin pericia) que Gonzalez Gómez apela fuertemente al pintoresquismo como medio de consolidación de su particular relato. 

Que Laura sea némesis natural de Tomás al representar el caos amorfo e inverosímil, cuando Tomás, el orden cosmogónico y legítimo, es vital para la sinergia de la ficción. Esta diarquía de sentires, los atrae inexorablemente y es el meta-motor (si se me permite el neologismo) de la trama costumbrista.

En el mundo de pecados conjuntos y comunes, prevalece quien nomina al otro, en la órbita desesperada de los miedos y las pérdidas, como irremediable culpable de las propias carencias. Ese acto cínico, es vital para entender la mecánica humana.

De la misma manera que la dinámica narrativa de González Gómez nos recuerda a los hermanos Cohen, la composición musical de Alejandro Román remonta a los soundtracks de Goran Bregovic; excelentes piezas de remate de secuencias, con el justo grado de punch e ironía.

El Slow motion de algunas definiciones tiene el carácter de cine arte. La secuencia del recorrido de Tomas peritando el movimiento vecinal entre las góndolas (PianoSonata, Op. 31,2, D Minor: Allegretto de Werner Haas) o la secuencia final de la captura de Tomás (Lacrimosa-Requiem In D Minor (Xmas Mix) de Lorne Balfe, Russell Emanuel & Steve Kofsky) son momentos antológicos.

Es muy interesante que el narrador anticipe el color de la vestimenta de la cárcel, que además es un cromatismo que expresa la discordancia tradicional, tal vez (y por qué no) la diferencia reaccionaria. 

Es muy apropiado que, en su condición de narrador tangible, se presente como sujeto no estándar, y su entrada anteceda al relato sobre Tomás, sirviendo de introducción a éste. Es fantástico, que sea un funcionario carcelario, y que, de alguna extraña forma, opere desde el silencio narrativo como un heraldo de la misma libertad reaccionaria que expresa, pero desde detrás de los barrotes.

¿Qué querrá decirnos el director? ¿Qué el entendimiento pasa por mentes brillantes que están (o sienten que están) irremediablemente encarceladas? ¿No será, Éstandar, una profunda metáfora no sólo del mundo actual sino de los compartimentos estancos de nuestra sociedad, la que por siempre incriminará, más nunca se hará cargo de las propias particularidades y diferencias? Y finalmente, en ésta historia de opresión... ¿no seremos todos, tal vez, de algún modo y en alguna forma, un poco Tomás?

Para pensarlo ;)

Ganando cuanto reconocimiento se le cruce en el derrotero iniciado, "Estándar", la ópera prima de Fernando González Gómez, (excelente largometraje de fuertes y variadas lecturas semióticas), ingresó ayer, día de su estreno, al Cine de Culto.

Fernando Quiroga

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